Mala suerte morir en primavera

Fantasía, vidas paralelas. Nagala Yunciel

El avión de Elvira llega a la 1:30h de la madrugada. Todo parece ir bien. Se dirige hacia la salida a tomar un taxi. Justo cuando va a salir tropieza con un familiar que creía fallecido hacía tiempo… Y ahí empieza una pesadilla, ¿o no es una pesadilla?

1:30 de la mañana. El avión ha llegado puntual, el taxi me dejará en casa en diez minutos. Será imposible no despertar a Lucas en cuanto abra la puerta, pues Naki me presiente antes de que llegue al portal, saltará de la cama y me esperará ronroneando en la puerta. Estos viajes de ida y vuelta en el día a la empresa le resultan más rentables que alojarme en un hotel, pero a mí me agotan. El aeropuerto está atestado de gente, no es habitual a estas horas, nunca lo había visto así. A pesar de las prisas para adelantarme a tomar un taxi observo que la gente parece desorientada. También me sorprende el silencio, nada habitual en un aeropuerto. Me abro paso con dificultad entre los que caminan lentamente como si no supieran si vienen o si van y hacia dónde.

Yo sí lo sé. Ahí veo la salida, nadie esperando en la parada de taxis. Todo va a ir rápido y bien.

Apenas unos metros y estoy fuera. Tropiezo con dos personas, la mayor va de gris y con alzacuellos, el otro es muy joven y lleva una ropa pasada de moda. Nos disculpamos a la vez.

Las puertas se abren y antes de poner un pie fuera escucho mi nombre,  “¿Elvira?”

Mala suerte morir en primavera – Nayala Yunciel (pdf)

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Me sorprende pues no creo conocerlos. “Esos ojos y esa mancha en forma de mariposa en tu mejilla, como si fuera un tatuaje, son inconfundibles”, me dice el sacerdote. Me fijo bien y me vienen ciertos recuerdos muy lejanos. Mi primera comunión que ofició él, y la celebración en casa. Por mi expresión sabe que empiezo a recordar. “Germán, hermano de tu padre, ¡tu tío!”. Ya, sí, puede ser, pienso. Me presenta al joven como Jacinto, sin especificar nada más y como respuesta solo hace una mueca que no llega a ser sonrisa. Expreso mi sorpresa mientras me saluda con dos besos. Me dice que ya sabe que mis padres murieron, y entonces caigo en la cuenta de que él también lo estaba, recuerdo que tuvo un accidente grave. Se lo menciono y me dice que sí, que fue a causa de un incendio en la iglesia allá en no sé qué país donde siempre ejerció de párroco, que estuvo muy grave porque se le cayó una viga encima. Me habla mucho de ese suceso y lo que le costó recuperarse. Entiendo que es un familiar, mi tío, pero desde aquel día de la primera comunión no lo había vuelto a ver y si algo recuerdo es por las fotografías, y es que no quiero entretenerme, quiero ser educada y también quiero irme, ¡no sé cómo salir de esa situación!, dejarlo plantado después de tanto tiempo… no son modales. Le digo que a lo mejor tienen prisa, no vayan a perder el avión. No, no lo pierden, me dice que acaban de llegar y que iban al parking a por el coche.

Les digo, no sin cierto apuro porque quiero llegar a casa cuanto antes, que como se quedan en la misma ciudad nos podemos ver cualquier día con más tranquilidad, nos intercambiamos los números de teléfono y propongo llamarnos mañana mismo, porque estas no son buenas horas. Me responde que por supuesto, pero se ofrece a llevarme a casa, insiste, solo tengo que esperar en la puerta mientras él va por el coche. Disimulo lo mal que me sienta esa propuesta, pues preferiría el taxi, pero no quiero que Germán lo tome como un desaire, así que me resigno y acepto.

Jacinto me acompaña en la espera. Miro a mi alrededor y observo a la gente dentro del aeropuerto, me da la impresión de que hay menos tránsito, pero los que quedan parecen seguir perdidos. Y esperamos. Y me impaciento.

No hablo con Jacinto porque no sé qué decirle, parece ausente, como si no me viera, diría que me ignora. Germán tarda demasiado, pienso con desazón que ya podía estar en casa abrazando a Lucas y escuchando el ronroneo de Naki. Se me hace eterna la espera. Un grupo de seis personas sale al exterior, miran a todos los lados como si buscaran a alguien, como si no supieran dónde están, dónde ir. Nadie habla con nadie. Vuelven a entrar.

Llega Germán y dice que ha dejado el coche aparcado cerca, que vayamos andando por fuera. No lo entiendo, ¿lo saca del parking para dejarlo quizás más lejos?, ¿no era más lógico haber ido todos al parking?, ¡ya son las 2 de la mañana y continúo en el aeropuerto!

Sigo a los dos hombres, lamento la desafortunada hora en que me crucé con ellos. Entramos en la vía de circunvalación subterránea, la que va del aeropuerto a la ciudad, por la que deberían circular los coches, no los peatones, pero no hay tráfico alguno, ahí estamos nosotros caminando en fila india por una estrecha acera. Pienso que no hay salida, pero los sigo arrepintiéndome de haber aceptado su ofrecimiento.

Nos detenemos donde se encuentra el teléfono de socorro y donde curiosamente hay una puerta que Germán abre con naturalidad, como si fuese su casa. Entramos en un recinto amplio, tiene el aspecto de una nave circular con al menos cinco accesos que a saber con qué comunican. No se detienen y en ningún momento dudan qué camino tomar. A pesar de seguirlos todo lo deprisa que puedo, me da tiempo a ver cómo dejamos atrás galerías que parecen búnkeres. Si no fuéramos familia y si no llevara alzacuellos estaría acojonada, aunque algo empiezo a estarlo.

Me conducen por un interminable laberinto de cámaras y túneles abovedados como si fueran los pasillos del metro. Afortunadamente no estamos solos, empiezo a ver gente en ese lugar triste y de color ceniza, al igual que la ropa de los que no sé qué hacen ahí, tampoco sé qué hago yo, y al igual que los del aeropuerto los de aquí no parece que sepan si se quedan o se van y hacia dónde. Germán camina cada vez más deprisa, mientras que a mí cada vez me cuesta más moverme, parece increíble que este hombre, con la edad avanzada que se supone que tiene, esté tan ágil. No titubea en elegir la ruta entre ese laberinto de salas, salas de espera con asientos y personas en blanco y negro. Me siento muy agobiada, no entiendo nada salvo que me tengo que olvidar del coche, del taxi, del volver a casa… ¿dónde estoy?

A veces me recuerda a una Feria, una convención… ¡hay tanta gente!, pero no es nada parecido, hay hombres y mujeres de todas las edades, apáticos, como autómatas, ni siquiera llantos o gritos de los niños, porque también hay niños. Otras veces me recuerda a esos búnkeres de algunas películas que servían de refugio en las guerras, o se esperaba utilizar en una catástrofe que pudiera acabar con la vida en el planeta. Me fijé en que la gente no llevaba ninguna pertenencia, iban con lo puesto, ni bolsos, ni siquiera una botella de agua.

Quiero ver lo que hay a mi alrededor para poder entender y a la vez seguir a Germán quien con su abrigo gris ceniza empieza a mimetizarse con el lugar, me parece verlo dirigirse a una de las salidas, al menos es lo que pone uno de los letreros de neón. Echo a correr y entro en otra sala–refugio, pero ya no lo veo. Ni rastro tampoco de Jacinto. Me pongo nerviosa. Saco el móvil e intento llamarlo, no hay cobertura, lo que significa que tampoco puedo llamar a Lucas, a nadie.

¡¿Qué hago aquí?! ¡¿Por dónde salgo?! Es una pesadilla, puede que sea un sueño, más bien una pesadilla, quizás me despierte al aterrizar, o junto a Lucas. Eso es, estoy dormida, siempre lo hago cuando viajo, no importa el medio de transporte, puedo dormirme fácilmente en el metro, autobús, incluso conduciendo. Mis amigos dicen que es una suerte tener esa facilidad para dormir, no lo sé. Hace unos días que han vuelto lo que yo denomino “ataques de sueños”, tan reales que me resulta difícil no haberlos vivido de verdad. Y lo recuerdo todo, incluidos los olores, los sonidos… Esos ataques, o lo que sean, me dejan algo cansada, pues cuando despierto vuelvo a vivir mi vida sin un periodo de descanso entre ambas situaciones, o vidas. Y a veces no sé cuál es la real. Me ha ocurrido desde que tengo recuerdos, al principio hablaba de ello, pero me decían que se trataba de un sueño, o que tenía mucha imaginación. Dedícate a escribir, me animaban. Si se pudiera vivir de ello habría sido una alternativa a este trabajo cada vez menos gratificante, lidiar con clientes que quieren una campaña para vender algo invendible.

Por un momento me tranquilizo pensando que se trata de un ataque más, de un “sueño casi real”, solo que esta vez ha sido más fuerte. Entonces escucho una voz que sale de un megáfono: “Los M623”, y un grupo de cinco o seis personas se levanta. “Balboa y Sánchez”, en este caso es una pareja nonagenaria. “26B, 28A y 51A…”, lo menos son diez personas… todos se dirigen hacia una de las paredes en las que aparentemente ¡no hay nada!, ¿¡qué es lo que hacen?! Una mujer joven a mi lado pregunta a nadie en concreto: “¿para qué nos laman?”, solo la anciana le responde, “para hacer el viaje”.

Hay otra joven sentada en esa sala, tengo la impresión de que le ha hecho gracia la pregunta y la respuesta, pues conserva esa medio sonrisa mientras no deja de mirarme. Se me acerca sin decir nada. Me doy cuenta de que nos parecemos. Creo que ella piensa lo mismo. Nos miramos de arriba a abajo, dando vueltas una alrededor de la otra y solo pienso que yo no llevaría esa ropa, ni el pelo tan largo. ¿¡Pero qué hago pensando en algo tan trivial, acaso es lo único que se me ocurre!?

“Vamos, no te detengas”, me saca de esa situación la voz de Germán. “Esta es una galería paralela, no debes quedarte mucho tiempo en ella, pues las dos quedaríais atrapadas”. ¿Qué significa lo que acaba de decir?, pero no me responde e intento seguirle. Le vuelvo a perder. Ya no puedo más, pregunto a voz en grito si alguien conoce cómo salir de ahí, una pregunta sin respuesta, nadie parece haberme oído. ¡Quiero salir al exterior!, sentir frío o calor, viento, lluvia, contaminación… ver colores, sentir alegría… Camino como una autómata, a veces vislumbro una posible salida, como un pasillo con algo más de luz e intento ir hacia él, pero es solo un instante, enseguida desaparece, como si fuera un lugar cambiante, vivo, o quizás el montaje de alguna exposición. No puedo más, es absurdo caminar continuamente sin saber si eso tiene fin. Que sea un sueño, que lo sea por favor, me repito una y otra vez. Y de pronto me viene el sueño, bendito ataque de sueño, y busco un lugar donde sentarme, ahí hay un sitio libre junto a la pared fría y gris. Me apoyaré en ella e intentaré quedarme dormida. Cuando me despierte todo habrá acabado, estaré de nuevo en casa y entonces me daré un baño con las hierbas que me vendió la anciana Francine del herbolario, encenderé sus velas y Lucas me llevará una taza de té, o una copa de vino. Incluso puede que le cuente este sueño. Eso es lo que pienso. Eso es lo que deseo.

Y mientras lo hago, mientras me agarro con desesperación a una posible salida de esta absurda situación, comienzo a sentirme adormilada y más serena. Incluso le devuelvo una sonrisa a esa niña que pasa frente a mí, la conozco de verla en otras salas, pero también en otros lugares, hace tiempo…  a veces la confundo conmigo. La primera vez que la vi tenía siete años. Era verano y mi madre me llevó al parque de atracciones. Era un parque itinerante que regresaba todos los años. Yo no iba tan entusiasmada como mi madre pensaba, pues me daban miedo los payasos, sufría por los animales y se me encogía el alma si alguien hacía malabarismos o ejercicios en el trapecio, por no hablar de ese tren que se adentraba en un lugar oscuro donde todo era terrorífico. Quedaban pocas atracciones con las que podía disfrutar, como  los caballitos del tiovivo, aunque con cierto reparo, pues me agarraba con tanta fuerza a la barra que se me ponían las manos moradas. Aquella tarde subí en un caballo color avellana, en un caballo a mi lado iba mi madre, si había algún problema o sentía miedo siempre podía alargar la mano y saber que allí estaba ella.

Aquello se movía y se escuchaban los gritos de alegría de muchos niños, pero no los míos, pues apretaba los dientes y entrecerraba los ojos. Y aquello comenzó a moverse, arriba, abajo… daba vueltas y más vueltas… y a mí me parecía que cada vez iba más deprisa, demasiado, tanto que no podía soltarme para alargar la mano y comprobar que madre estaba muy cerca. Me aterró que aún con los ojos cerrados o abiertos pasaran ante mí las mismas imágenes como si se tratara de un tambor mágico; el tiovivo era el tambor y ante mí escenas en las que yo aparecía pero que no recordaba. Era yo en otro lugar que desconocía, en otra escuela, con una madre distinta… A veces esas imágenes se superponían con otras reales a la vez que las luces jugaban a encenderse y a apagarse, ¿o eran rayos?

Me pareció que aquello duraba demasiado, y en un momento en el que las imágenes del tambor mágico desaparecieron vi que saltaban chispas por todas partes, que algún caballo se había descolgado y que había niños en el suelo mientras aún seguíamos girando. La música cesó y todo quedó en silencio, las vueltas se ralentizaron y parecía que estábamos cabalgando en las nubes, o en una nebulosa. La persona que había a mi lado y a la que iba a tenderle la mano no era madre. ¿Dónde estaba? En el caballo de adelante una niña se giró y nuestras miradas se cruzaron, la sorpresa fue mutua, pues yo era ella, y ella pensaría lo mismo de mí. Alargó la mano para intentar tomar la de su madre y yo hice lo mismo buscando la de la mía. Entonces nuestras manos se rozaron, y en ese instante fue como si nuestras imágenes se fusionaran. Entonces noté que me separaban de ella con fuerza, era el chico que recogía los tiques al subir al tiovivo. Me miró con una sonrisa antes de que se detuviera el tiovivo. Mi madre me bajó del tiovivo tan deprisa como pudo, creo que estaba mucho más asustada que yo.

Varias veces le recordé a madre lo vivido, pero solo me respondía que había sido un sueño. Un sueño que con el tiempo me pareció más lejano, hasta convencerme de que había sido eso, un sueño. A partir de los diez años vuelvo a encontrarme con esa joven que creía ser yo. No lo soy. No puedo serlo, pues según pasan los años en cada sueño la veo crecer en maldad y me da miedo que pueda parecerme a ella. Y algo todavía más siniestro, en varias ocasiones la foto en la que estoy con mis padres cambia y ya no son ellos y la que se supone que debería ser yo es ella, con una mirada tan terrorífica que me da pánico y me obliga a retroceder, a cerrar los ojos aterrorizada; cuando los vuelvo a abrir, la visión, o lo que sea, ha desparecido. Esto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a Lucas que en una ocasión fue testigo de mi terror y no pude darle ninguna explicación racional.

Un sueño, eso es lo que siempre he querido que fuera y no alguno de los posibles trastornos de los que me habló aquel especialista que consulté en una ocasión, paramnesia reduplicativa, identidad disociativa, síndrome de Capgras… Lo que leí acerca de ellos no me tranquilizó lo más mínimo y decidí esconder la cabeza bajo el ala y dejarlo estar.

En el duermevela percibo movimiento a mí alrededor, y creo escuchar más llamadas de esas que unos esperan con impaciencia y otros con miedo. Y percibo olores, a jazmín, hierbabuena y rosas, y hasta tengo la sensación de que estoy chapoteando con las manos en agua caliente, envuelta en la luz cálida de las velas alrededor de la bañera, con su llama que parece danzar al son de una melodía extraña… “Te dije que mis velas te traerían paz y te mostrarían el camino”. Es la voz de Francine que me despierta de ese sueño onírico. Su rostro está frente a mí y le sonrío. Pero miro alrededor y todo sigue igual, Francine desaparece y todo vuelve a ser en blanco y negro.

“No te separes o te perderás y lo estropearás todo”, de nuevo la voz de Germán, de nuevo un mensaje que no comprendo. Me levanto y le sigo, algo me alerta para mirar hacia atrás y veo a la joven con la que sueño, con la que tengo un gran parecido ¿con mi otro yo? Creo que me sigue. Me gustaría hablar con ella, me gustaría obtener mil respuestas, pero sigo a Germán, pues no me creo capaz de salir de ahí por mi propio conocimiento o intuición.

Al fin creo que hemos llegado a la última sala o búnker. Ahí está Jacinto, igual de sieso acompañado de tres personas más. El lugar parece un velatorio. Creo que se conocen todos, pues Germán se acerca hasta ellos y les dice algo que no logro escuchar. Se van hacia la entrada, y los desconocidos me dirigen una sonrisa serena pero que me inquieta, allí se quedan en actitud de guardianes, bloqueándola. Tras ellos, al otro lado, veo a la joven que se me parece.

¿Qué hacemos aquí?, pregunto alzando la voz, pues no estoy dispuesta a seguir más este juego o lo que sea y por fin Jacinto se manifiesta, “ya casi hemos llegado”, tiene un semblante sereno, como si estuviera en paz y ¿me sonríe?, entonces creo haberle visto antes y me mira como si quisiera que recordara… pero una claridad que parece querer abrirse paso me saca de ese posible recuerdo, se asemeja a esa niebla que se va abriendo y puedes entrever el paisaje. Por un momento casi sonrío porque me imagino cualquier escena de esas películas en las que se ve la luz al final del túnel. Nunca creí en ello, la muerte es una putada o una bendición de la vida, depende de cómo te vaya en ella. Y se acabó, no hay túnel de luz, ni nadie esperándote. Nada.

A Germán lo veo muy nervioso, vuelve a conversar en privado con los demás. “Es más fuerte de lo que pensaba”, le oigo decir. ¿Acaso se refería a mí?

Quiero que esto acabe, quiero estar fuera, encontrarme con gente normal, regresar a mi vida. No lo aguanto más así que me acerco a ellos.

“Por favor, cómo puedo salir de aquí, me estoy angustiando, empiezo a marearme”. Que tenga paciencia, que la situación no va a durar mucho, responden. ¿Pero qué situación?, ¿y después qué?, ¿no íbamos a por el coche? No sé si pensaban responderme, pero en ese momento un vendaval como nunca lo había visto, intenta alejarlos de la entrada, como si quisiera desbloquearla. Se ceba con ellos, se toman de las manos para hacerse más fuertes, pero les cuesta resistirse, incluso la piel de sus caras se asemeja a la de un pulpo en el agua.

Por motivos que no llego a comprender, ese viento huracanado no nos afecta ni a la otra joven ni a mí. A estas alturas no me cabe la más mínima duda de que es la niña del tiovivo a los seis años, y la perversa adolescente que me ha mostrado sus maldades a lo largo de muchos años. Es ella, y podría ser yo. ¿Qué es lo que quiere?, ¿acaso sabe qué hacemos en este lugar? Quiero escucharla, a pesar de la oposición de los que bloquean la entrada, estoy segura de que me aclarará muchas dudas.

Pasa sin resistencia y se me acerca. No me da miedo, ¡pero si hasta tiene ese antojo en forma de mariposa en su mejilla! Quiero saber, lo que ella sabe, enfrentarme por fin a esta pesadilla. Necesito respuestas. Y habla.

“Llevo en este lugar más tiempo de lo que quisiera, aunque aquí el tiempo es muy relativo. El desconcierto que sientes en este lugar lo hemos sentido todos, qué es este lugar, qué hacemos todos. Creo haberlo deducido. La comparación no es la apropiada pero te puedes hacer una idea. Se me asemeja a una cinta transportadora que va seleccionando o filtrando gente, como si fuéramos mercancía, pasamos de una galería a otra dependiendo de criterios que desconozco, tal vez edad, defectos, obras, pensamientos… ¡quién sabe! Algunos se quedan en ciertos compartimentos, en esas salas tipo búnkeres que has visto, y de ahí los van llamando como habrás podido observar. Lo que desconozco es si hay un destino similar para todos, o si depende de criterios preestablecidos. Los que no están muy definidos, no sé por quién, ni en qué sentido, seguimos pasando filtros. Has llegado al último de ellos, aquí he estado en un par de ocasiones, esperando sin saber qué… y cuando has llegado lo he entendido. ¿Somos dos personas y una sola conciencia?, no lo creo, somos muy diferentes, pero estamos conectadas de alguna manera y esa cinta transportadora no sabe bien cómo seleccionarnos, quizás para ella somos una aberración de la naturaleza, del universo o del destino, y por lo que sea hemos nacido y hemos finalizado a la vez.

Sí, hemos finalizado, por si no te habías dado cuenta.

Y según habla empiezo a comprender de lo que se trata.

¿Recuerdas cuando alguien preguntó que para qué nos llamaban y una anciana respondió “para hacer el viaje”? Pues así es. Con las personas de las primeras galerías o búnkeres debe ser fácil la selección, al menos para quien maneje todo esto, y van como corderos al matadero, o donde sea su destino, con los de las segundas galerías puede que haya alguna duda, alguna anomalía, o algo que reparar y los devuelvan a su mundo, y así sucesivamente hasta llegar a la última, donde estamos ahora. En esta apenas hay gente, a veces nadie. Tú has llegado. Yo he salido de esa cinta transportadora y te he seguido, a mí me quieren enviar de nuevo a una vida que no quiero. Tú has tenido ayuda, esas personas que te acompañan intentan que avances, que hagas el viaje y yo estoy entorpeciendo ese destino, eso es lo que piensan, por eso quieren alejarme de ti. No olvides que tu tío Germán falleció en aquel incendio y Jacinto en el accidente del tiovivo. ¡Vaya, veo por tu expresión que lo has recordado!, el chico de los tiques. Piensa, hacía mucho que no sabías de tu tío, ¿no recuerdas que en la familia se habló del accidente?, lo sé porque lo mismo que tú has entrado en mi mundo, también yo lo he hecho en el tuyo.

Ellos te quieren ayudar a su manera, pero yo puedo ayudarte mejor.

Pues has de saber que hay un retorno.

Hay una manera de salir de aquí, pero no por el camino que van todos. En este último lugar parece que se revisan los casos excepcionales, puedes dirigirte hacia esa luz o… intentar volver a la vida.

Cuando dos vidas paralelas, como la tuya y la mía, coinciden en su final, todo se trastoca, como si fuera necesario que desapareciéramos a la vez. A mí no vino a ayudarme nadie, tampoco lo necesito, pero presentía que algo cambiaría la situación, y supe de qué se trataba cuando te vi. El destino que nos espera a las dos lo podemos cambiar. Créeme, lo hago por tu bien, pues tengo que darte una mala noticia…”

“No la escuches, es una trampa,” seguía insistiendo Germán con una voz entrecortada a causa de ese viento que los tenía inmovilizados, pero yo quería escuchar a esa persona a la que había estado unida toda mi vida en mis sueños y pesadillas, y ¡resultaba ser real! Empezaba a comprender que no estaba loca, no tenía ningún trastorno, y no eran sueños.

… una mala noticia. Eso dijo. Y en ese preciso instante pasó por mi mente infinidad de recuerdos mezclados de dos vidas, dos familias,  infancias, entornos… dos vidas, dos mundos. Y siguió hablando.

… ya no estás en el mundo de los vivos, tampoco yo. No estás en tu vida de antes. Ibas dormida cuando el avión explosionó en pleno vuelo. Ni te enteraste. Tu mente, la que quería aterrizar cuanto antes, tomar un taxi y estar con Lucas… solo pensaba en ello y no retuvo nada de lo ocurrido. Se quedó ahí, en ese deseo. ¡Sí, casi lo sé todo de ti!, como sé que también tú sabes de mí. Esos sueños o pesadillas, tú me veías en ellas y yo te veía a ti”

Así era, habíamos estado en contacto toda la vida a través de esos sueños. La cabeza y el estómago empezaban a darme vueltas, quería vomitar.

“Cuando te vi, -seguía y seguía hablando sin darme tregua a asimilarlo, a recomponerme-, parte de mi yo se dio cuenta de que tú era lo que estaba esperando en este tránsito sin un destino claro. Y comencé a revivir aún más trazos de tu vida, como a ti te está ocurriendo con la mía, y lamento lo que puedes ver porque mi corta existencia nada ha tenido que ver con la tuya, la mía no ha sido una vida normal”

Mientras ella hablaba yo revivía escenas de una vida, ¿era una vida en común? Ante mí tenía delante a esa otra niña del accidente del tiovivo y también a la acosadora, a la reina del bullying, la que robaba lo que se le antojaba, pinchaba las ruedas de los coches o daba una paliza de muerte si la provocaban, por no hablar del maltrato a sus padres… Y yo creyendo que ese lado oscuro estaba en mi interior y que en cualquier momento podría salir, he vivido con ese miedo toda la vida y me retraía en tantas cosas… me volví más apocada de lo normal. ¡Y la causa la tenía frente a mí! El “no la escuches, es una trampa” que me decía Germán me estaba abriendo los ojos. ¿Y si ellos tenían razón?

“Ojalá me hubiera tocado una pequeña parte de esa normalidad tuya, pero no ha sido así –continuaba sin ningún remordimiento–. Ni tu felicidad ni mi desgracia nos han salvado de la muerte, porque las dos lo estamos.

Sí, hazte a la idea, si no hacemos algo no saldrás de aquí, ni vas a ver a Lucas, ni volverás a tu vida… y esas personas que impiden que estemos juntas pretenden que tu destino no se una al mío porque saben que has pasado la prueba de la cinta transportadora, tú eres de calidad, yo no, tú no tienes un lado oscuro, yo sí, pero estoy segura que si te dieran a elegir escogerías volver a la vida, pero los que te acompañan quieren que abandones este mundo y vayas a esa supuesta luz a la que casi todos quieren dirigirse, ¡como si fuera el gran premio! No me equivoco si digo que todavía no estás preparada, pues no te ha dado tiempo de asimilar que ibas a morir. Siempre has dicho que no te gustaría morir en primavera. ¿Ves como te conozco bien? Pues aunque no te guste, hemos muerto en primavera. A mí no me atrae mi vida, ni mi muerte, por eso quiero regalarte mi destino, porque tú no querías morir, yo sí. Te llamarán para ir a ese mundo maravilloso más allá de la luz, mientras que yo tendré que purgar mi existencia regresando a la vida que ya no quería. Podemos cambiar los papeles, yo iré a esa luz en tu lugar, al gran premio, y a ti te devolverán a la vida. ¿Acaso vas a rechazar esta oportunidad? ¿Acaso es mejor ir hacia la luz como quieren tus acompañantes?, ¿por qué no quieren que sigas siendo feliz?, piensa en ti, en Lucas, en los arrumacos de Naki… De esta forma las dos conseguimos lo que deseamos”

Y me acordé de los abrazos de Lucas y del ronroneo de Naki. Germán dejó de aleccionarme. Y vomité.

Volver a mi vida, tomar ese taxi y llegar a casa y abrazar a Lucas, ¿es que acaso lo dudaba si eso era posible? Nos miramos y sonreímos a la vez. Tomé su mano y dejé que me guiara fuera de esa sala. Me llevó a otra galería, a la misma que Germán dijo que podíamos quedar atrapadas.

Y escuché dos nombres, Elvira Lucas y Elvira Traidora, caminamos en dos filas paralelas. Yo iba como en trance, incluso hubo un momento en el que pensé que iba a despertar del duermevela, hasta que noté un empujón que, me sacó de mi fila y me puso en la otra. Entendí enseguida lo de Elvira Traidora, pero ya era tarde.

Me engañó desde el principio. Me estaba esperando para intercambiar nuestros mundos, nuestras vidas. Por eso Germán y Jacinto intentaban evitarlo y no supe entenderlos. ¿Cómo pude confiar en ella conociendo sus maldades?

Aún estoy mareada y en mi mente se mezclan las dos vidas, lucho por no olvidar la mía, no quiero otra, y menos la de ella y según me acerco a esa otra vida paralela voy perdiendo mis recuerdos, debo aferrarme a ellos, no quiero olvidarlos, no quiero que esto acabe así.

Ya no estoy en ese lugar triste y gris, no estoy en los búnkeres y han desaparecido todos. Me encuentro en una habitación que solo puede ser la de la otra Elvira. Y se me incrusta su malestar, su rabia, su desesperación… y junto a su cama está un tarro de pastillas, hago lo que seguramente había hecho ella, las tomo todas, porque no quiero su vida, quiero morirme, como ella quiso.

Pero no sale como esperaba, despierto en una habitación de hospital, estoy esposada a la cama, estoy inmóvil y por lo que parece también estoy inconsciente. Veo cómo entra un doctor y estudia mis constantes, mis ojos, puedo ver un policía a la puerta. Y otro más que pregunta si ya he despertado. Aún no, le responde el doctor, se tomó demasiadas pastillas y puede que no despierte. Supongo que prefería esa muerte –es la voz del policía– a lo que le espera si despierta, nos ha costado varios años identificarla, ¡quién lo iba a decir!, tan joven, tan guapa, con cara de inocente… y en realidad una asesina en serie…

No podía ser cierto lo que estaba escuchando, ¡había cambiado mi tranquila vida por un pasado y un destino que no me correspondían!, y empiezo a ver, a sentir lo que pasaba por la mente de aquella que creía ser mi otro yo, y lo que hizo fue engañarme. Y la veo de niña empujando a su hermano por el precipicio, “un accidente”, y me río; y todas esas pastilla que le dio a su abuelo, “sobredosis”, y me río; un empujón mortal a la más popular del instituto; “alguien le ha partido la cabeza”, por cabrón pienso, y me río. Después vinieron otras muertes por el solo hecho de disfrutar de la sensación de hacerlo y quedar impune, y siempre se reía o me reía, hasta que la delató la cámara en aquel callejón… ¡claro que me tomé, nos tomamos, todo el frasco de pastillas!, no pensaba ir a la cárcel…

Sí, todo lo sentía como si lo hubiera vivido, pero aún me quedaba un resquicio de mi verdadera vida ¿y si ella consiguió no ir hacia la luz, sino volver a la vida, pero a la mía, y está viviendo lo que era mi existencia? con Lucas, puede que consiguiera engañarle, pero no a Naki, esa gata no se habría dejado engañar y eso la va a poner en peligro, si es que aún sigue viva. Esos pensamientos hicieron que me revolviera en la cama, que intentara quitarme la esposas. Los que me rodeaban y vigilaban lo tomaron como un acto más de rebeldía, de maldad, pero yo solo pensaba en ella, en la traición. ¡No quería pagar por sus crímenes!, ¿pero quién me iba a creer?

Intento tranquilizarme, no puedo permitir que me encierren, tengo que pensar como ella. Eso es, pensar como ella. Piensa, piensa… Me muerdo la lengua, sangro, hago que me ahogo, convulsiones, vienen todos corriendo, “al quirófano”, y antes de que me anestesien logro liberar una mano y utilizar algo parecido a un escalpelo para soltar la otra. Ahora soy un peligro, tengo un arma en la mano y cara de loca, ataco a los sanitarios y me dirijo hacia el guardia… Dispara.

Siempre lo he dicho, mala suerte morir en primavera.

Ahora estoy de nuevo en las galerías y búnkeres, paso de una al otro. Busco a Germán y a los demás, pero no los veo. No importa, ya conozco el camino. Me recuesto en un rincón apartado e intento dormir, intento ver en sueños a mi otro yo… Quizás el mundo se ha parado por un momento. Espero. ¿Cuánto tiempo?, no importa, el que sea necesario, aunque aquí es muy relativo, eso dijo ella. Y un día veo a alguien que es igual a mí, es mi otro yo y pregunta ¿para qué nos llaman?, y una anciana le responde, “para hacer el viaje”. Y de nuevo empieza la historia.

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